domingo, 11 de enero de 2015

Comienza la Saga

Debería dedicar este post a promocionar la novela, pero soy de natural tímido (solo en lo referente a mis libros) y quiero dedicar este blog a algo más que hablar solo de mis libros. Quiero que a diferencia de mi otro sitio, sea un lugar enfocado a la narración y en concreto a la literatura. Así que, pese a que luego vaya duplicando los posts, voy a dedicar un ratejo a reflexionar así en voz alta sobre un tema que ha surgido en el Facebuqe.

El tema en cuestión son las sagas.
Ya cuando empecé a distribuir mi primera novela "terminada", Hijos Bastardos de Matusalén, Nieves Delgado me comentaba "odio las sagas", sobre todo porque el primer borrador acababa en un cliffhanger bastante bestia, pero también porque ella tenía ese rechazo personal hacia el formato que últimamente está muy de moda, sobre todo en lo que llamamos "joven adulto".



¿Por qué escribir sagas? O quizá mejor: ¿Por qué escribo yo sagas?

La primera respuesta es "porque me surge así". Eso sería lo sencillo, en mi caso no es una cuestión estudiada ni un maquiavélico plan para crear yonkis de mis libros. La sencilla razón es "porque me gusta y me sale de dentro".
Pero esto es demasiado sencillo, creo, y un poco ombliguista. Así que vamos a ver por qué a mi cerebro de macaco le gusta lo que le gusta.

Llevo siendo lector y espectador más tiempo del que llevo siendo autor, eso es una perogrullada. Y creo que si algo me frustraba de niño eran las teleseries americanas. Bueno, las que había. En todas había una sensación de falta de trascendencia, de vacuidad que me angustiaba. Nunca pasaba nada importante, nunca un personaje se casaba, se enamoraba más de un episodio, nadie moría, nadie nacía... sus vidas eran como un cuadro al óleo, como un río filosófico. Siempre iguales pero siempre diferentes. Las películas siempre eran mejores. Había más drama, más suspense, pasaban cosas... Pero con los años, las películas empezaron a hacerse más y más aburridas. A medida que uno aumenta su experiencia en los medios, es mucho más difícil ser sorprendido, y lo que es peor, ser atrapado. Hace bastantes años, cuando aún hacía crítica filmográfica por norma, pensé en escribir una disertación sesuda sobre las series de televisión. La HBO estaba rompiendo moldes, Lost parecía buena y Buffy acababa de terminar (BUFFY!!!). No podía dejar de pensar en lo mismo "el único formato en el que se puede innovar es en la serie".


¡¡Buffy!! (leer con voz afectada, con una exclamación exhalada)

 Una película dura aproximadamente dos horas, tres ya agota al espectador. El trabajo del director es complicado, en esas dos horas tiene que contarnos una historia y describirnos unos personajes, crear la estructura elemental p-n-d y hacerlo bien. Un día, viendo las escenas eliminadas de "El Protegido". Sayamalan Din Don antes de ser abducido dijo una cosa muy interesante: "en una película, tienes que elegir si vas a desarrollar más la historia o el personaje, esta escena añadía metraje y solo valía para definir más a David Dunn, así que la quité".
Aquello me marcó en la cabeza. Ese tipo sabía lo que se hacía. Remarco el "sabía". Y es la pura verdad. Con hora y media NO puedes hacerlo todo. Pero con una serie, si. Lost lo estaba haciendo, con un recurso interesante (aunque acabó quemándolo) que eran los episodios que mezclaban flashback con trama actual. Quitando las críticas a Lindeloff, era un formato brillante. Te entremezclaba 30 minutos de descripción de personaje con 15 de misterio selvático.

No tenemos que olvidarlo. El drama es la esencia. Y el drama son los personajes. Si un personaje no nos interesa, no nos interesará su historia. Si no podemos definirlo unívocamente, no estará completo. ¿Qué les mueve? ¿Qué les asusta? ¿Qué les apasiona? Si no lo sabemos, no empatizaremos y no habrá drama. Además, las historias complejas requieren tiempo, requieren desarrollo, giros. Y "no hay nada nuevo bajo el sol". Quizá si lo haya, pero desde luego, no vas a contarlo en hora y media.

Y ahora volvemos a los libros y las sagas.

A ver de quien es la culpa...



No voy a decir que para crear buenos personajes y buenas historias hagan falta sagas. Para empezar, eso implicaría que yo se hacerlo, y no vamos a presuponer cosas. Pero hay una cosa que nos dan las sagas. Tiempo. Tiempo para que las tramas se compliquen, para que arcos se cierren y se entrecrucen para luego volverse a abrir. Tiempo para que las cosas sucedan. Y como autores, tiempo para que podamos sopesar las ideas y reflexionar sobre las obras.
Para mi, que además creo que debemos redefinir en parte el medio, tiempo para interactuar con el público. Las sagas, si se plantean así, son entes vivos. Una novela es un libro acabado, cerrado. Una saga en desarrollo está viva aún. Eso es algo a tener en cuenta (aunque al final acabará cerrada también con el tiempo).

Más razones... vamos a ver... Volúmen. Cuando terminé Hijos Bastardos me puse con Nahui Ollin y la semana siguiente estuvo acabada. Llevaba cinco años con la novela y de nuevo corté a la mitad. Porque escribir lo que venía después requería... otro libro entero. Y mil páginas para una novela es quizá un poco demasiado. En mi caso, y creo que lo mismo le pasó a Routhfouss con el Nombre del Viento, es una cuestión de haberse pasado tres pueblos y salirse de los tamaños prudentes.
A todos los niveles menos al de fan devoto, merendarse más de mil páginas es una locura. Es demasiado papel, es una apuesta arriesgada para la editorial (mucho) es un monstro de corrección, de repaso, de tasación... de todo.

Así que si uno escribe mucho (en cantidad de letras), al final se encontrará con que tiene que podar (noooo!) o dividir.

Económicamente también es una razón. Las sagas venden. Aunque esta no sea mi principal razón, las sagas funcionan muy bien comercialmente, y hay libros que se alargan innecesariamente para convertirse en trilogías y vender el triple. Los Juegos del Hambre, por ejemplo, van de mal en peor y posiblemente se podría haber contado todo en un solo libro, o dos. Pero las trilogías son funcionales y populares. Además dan sensación compacta. Hemos crecido con muchas trilogías, hasta el punto de que las hay incluso cuando no son necesarias. La trilogía del fin del mundo de Carpenter son tres películas que solo tienen en común la amenaza global a la existencia (y el director), La Trilogía del Cornetto... que sale una referencia a un corneto en ellas (y que son del mismo equipo y cojonudas).
Nos gusta la palabra trilogía. Debe de haber algún rollo numerológico cabalístico de por medio.

Finalmente el crecimiento.
Yo soy muy fan de los juegos de rol en general. Tanto los mal llamados RPG como los de verdad. Y en los videojuegos, si no tengo un elemento de crecimiento me siento desarraigado. Es así de sencillo. Me gusta construir cosas, ve gusta ver crecer cosas y me gusta ver evolucionar cosas.
Cuando tenemos una saga, podemos enfrentar a los personajes a tantas cosas que al final del recorrido sean algo muy diferente de lo que empezamos. Sea el pequeño y Dickensiano Potter, el Jedi fracasado de Skywalker (nunca acabó sus estudios...) o Willow Rosenberg de Buffy, ver como alguien cambia MOLA.
Que se lo digan a Scorsesse, a él le funciona.

Nada mejor que hacer crecer un personaje y luego asesinarle brutalmente. O eso dicen algun@s.

Y con las cosas que hacemos crecer, nos gusta jugar y odiamos decirlas adiós. Así que para hacer vivir una vez más a nuestros queridos personajes, escribimos un poquito más. Hasta que no nos quede nada y les dejemos descansar.

Pero posiblemente, la razón de que ahora sean tan populares sea la pasta y la imitación. Somos producto de lo que hemos consumido, y las sagas son parte de la sociedad de consumo. Si algo es bueno, es parte de una saga (a veces por haber sido bueno y para su desgracia). Si se hace una buena película, sabemos que habrá un 2, un 3 y hasta que explote la gallina. Esto quizá crea un razonamiento falaz de falsa correspondencia. No es que las sagas tengan éxito, es que los éxitos generan sagas. Pero da igual. Ya está ahí, y mucha gente lo ve como el formato a seguir.

Yo personalmente no, aunque no niego que me tienta la fama, la gloria y los megamillones, escribo porque me gusta y lo necesito. No pienso realmente en "las ventas", sino solo quizá en "el público". En jugar con ellos, en que pasen un buen rato y disfruten de lo que hago. Y creo que la saga es la mejor forma para ello. Ya he expuesto mis razones. Aunque viendo lo largo que me ha salido, quizá debería pensar en hacer posts en formato de saga.






martes, 9 de diciembre de 2014

Nanowrimo 2014


Bueno, va a ser hora de empezar a estrenar este blog, dado que en breve voy a publicar y me cree esto justo para tal fin.

Para romper el hielo hablaré de este mes de noviembre.

Noviembre es uno de mis meses favoritos, empieza a hacer frío, se nota que se acerca el invierno pero no demasiado, se respira un aire vacacional, pero no demasiado, hay gente por el centro de Madrid, pero no demasiada.

Se huele la Navidad, pero las calles siguen sobrias, los centros comerciales empiezan a vestir sus medias de rejilla y aun no se ha estrenado el anuncio de la Lotería, y mucho menos el de Freixenet.

Bueno, esto era antes, este año la lotería se ha lucido con una de las... pero que no vamos a hablar de esto, carajo.

Noviembre es sobre todo, para mi, el mes del NaNoWriMo (National Novel Writting Month). Que ya de por si es un mal anagrama, porque debería ser World en vez de National, ya que participamos gente de todo el mundo. Para aquellas personas que eso les suene a palabro raro, es un concurso de buena fe donde escritores/as de todo el mundo se sientan a intentar crear una novela de 50.000 palabras en un mes. Parece una locura y de hecho, muchos autores lo desprecian o lo menosprecian. Escribir sin pararse a corregir, sin pararse a pensar, documentarse seriamente o meditar.
Pero a mi me encanta.

Evidentemente, no está pensado para escribir libros así. O eso dicen, las cinco novelas que tengo, las comencé en diferentes Nanos y las fui acabando en meses sucesivos. Años en algunos casos. Porque aunque he ganado casi cada año (hubo uno que me pilló de viaje por México y como que no), 50.000 palabras no es suficiente para lo mucho que me enrollo.

Escribir así, sin pausa, con un ritmo marcado por un contador y no por la inspiración puede ser nefasto, o todo lo contrario. Cuando tienes una meta, no te paras a pensar, y se alcanza un estado Zen que, al menos en mi caso, desemboca en un torrente de creatividad que ni el mismo autor sabía que estaba ahí. Cuando no te paras a pensar, los personajes hablan solos, las cosas suceden sin saber como y te conviertes en un pasajero de la musa.

Es una experiencia fascinante si llega a suceder. No se si al resto le pasa, pero a mi si. Y cuanto menos lo prepare, mejor suele resultar. El Zen de la escritura. Un año de pensamientos inconclusos que se materializan en un mes de desenfreno.

Este año no resultó tan bien como otros, por varias razones. La primera, posiblemente, es que estaba escribiendo una tercera parte. La tercera novela de la saga de Lilian Valyr, y me encuentro algo inseguro, porque algunas observaciones de los lectores betatester no fueron enteramente positivas y siempre está la sombra de la continuación: "La primera era mejor".
Ese peso se nota, me lastra.
La otra razón es la pequeña Lorelei, que requiere más atención, más tiempo, pero sobre todo estar disponible el 100% del tiempo para atender las necesidades. Y eso evita que mi mente se centre en la historia.

Sin embargo conseguí llegar al objetivo, una victoria pírrica, porque otros años casi he triplicado la meta, pero sigue siendo una victoria. Cien páginas de "Sombras del Valhalla" vieron la luz y Lilian volvió a la vida, que era algo que me estaba pidiendo.

En fin, eso es todo lo que hay que comentar del Nanowrimo de este año.

O no. Otra cosa fantástica del Nano es que no estás solo. Es el momento del año en el que muchos escritores (debería usar el femenino para el plural, porque ellas son muchas más) nos juntamos en la aventura. Tenemos quedadas, frikeamos, nos reímos, compartimos cosas y nos sentimos una comunidad, y eso es bonito. El resto del año seguimos ahí, conectados por las redes sociales y alguna quedada eventual, pero en noviembre es como si fuéramos la pandilla de la playa que se reúne en verano. Y eso merece la pena. Mucho.

Y ahora a dedicarme a publicar y terminar trabajos. Que para eso estamos aquí.